17 septiembre 2026

NO es la IA. Es la sumisión a la autoridad.

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Por Simona Levi

En mis prácticas activistas y vitales aplico con bastante disciplina lo que se conoce como la revelación de Sturgeon, según la cual “el 90% de todo es basura”. Puede sonar basto, pero en realidad está vinculada al más conocido y elevado principio de Pareto, utilizado constantemente en economía, estadística y matemáticas.

Me resulta una de las reglas más útiles para analizar la realidad y saber cómo intervenir en ella. Viene a decir que, en todos los gremios y categorías humanas, un porcentaje muy amplio no está a la altura de su cometido, sea cual sea el gremio y sea cual sea el cometido. Puede parecer drmático, pero en realidad me tranquiliza: me ayuda a no vivir con decepción permanente ante los actos humanos. Ya no reacciono ante muchas situaciones con indignación y rabia, sino con normal constatación. Y, cuando encuentro a alguien que forma parte de ese 10% de su gremio —alguien bueno en lo suyo y además buena persona—, lo celebro como quien encuentra una pepita de oro en un mina.

Explico todo esto para abordar una de las muchas fábulas de la narrativa tecnófoba, esa que es la más a la moda y que sirve a despojar a las personas de su agencia en el entorno digital: "la gente se fíe demasiado de la IA". Ojalá fuera solo de la IA. El problema es que la IA se inserta en una sociedad educada para fiarse ciegamente de la Autoridad, de las figuras presentadas —o que se presentan a sí mismas— como autoridad. Lo que ocurre con la IA es, simplemente, que le aplicamos ese mismo sesgo psicológico irresponsable, como si fuera una autoridad más.
Me serviré de ejemplos personales relacionados con tres categorías de autoridad: médicos, abogados y políticos. Sufro dos dolencias recurrentes muy comunes; por suerte, ninguna de ellas invalidante, pero ambas muy molestas cuando se manifiestan. A pesar de que una de esas dolencias es, en España, la segunda causa de ausencia en el trabajo después del resfriado común, en Barcelona solo hay dos equipos médicos especializados en ella: uno en la sanidad pública, con una lista de espera de un año y un mes, y otro en la privada, caro, muy caro. Tardé tres años en encontrarlos. Mientras tanto, visitaba médicos que, lejos de decirme que no tenían ni idea, aplicaban básicamente paternalismo como tratamiento. La segunda dolencia la sufre el 36% de las mujeres y, a partir de la menopausia, el 55%. En este caso, lo que prescribe el 90% de médicos es directamente lo contrario de lo que la cura, un poco como las sanguijuelas de antaño. Si intentas curarte con algo que te enferma más, te hundes. Y un médico terminó de rematarme diciéndome —cito textualmente— que “la menopausia es el signo que el cuerpo da a las mujeres para que sepan que ya están para el desguace”.

En ambos casos, encontré la solución por mi cuenta, estudiando. Después, esa solución me fue confirmada y afinada al encontrar al médico del 10%, aunque en ambos casos fue tras tres años de ensayo y error. Con esto no quiero decir que tengamos que prescindir de los médicos, sino que, como en todos los gremios, hay un porcentaje muy elevado que no saben hacer bien su trabajo o que hacen su trabajo no con el objetivo de hacerlo bien, sino por otros motivos. Repito, eso pasa en todos los gremios, en el mío, el de los activistas, también.
Algo parecido nos ocurrió cuando llevamos a cabo el caso Bankia y el de las tarjetas black. La mayoría de los abogados en los que confiamos no hicieron bien su trabajo, exponiéndonos a graves consecuencias y tuvimos que aprender, contrastar y empujar por nuestra cuenta para llegar a las 65 condenas que conseguimos y a la devolución de los 9.000 millones a los damnificados.

Deseamos confiar en especialistas, y es razonable que así sea. Pero muchas veces, si nos fiamos ciegamente, nos metemos en un problema. Debemos revisar lo que dicen, verificarlo y contrastarlo antes de aplicarlo, porque de lo contrario puede acabar muy mal.
Recientemente me lesioné haciendo deporte. De camino al médico pregunté a ChatGPT qué hacer. La explicación que me dio ChatGPT fue francamente mejor que la del médico, básicamente porque la del médico fue inexistente.

Por eso seguí las instrucciones de ChatGPT. No me lo digas, lo sé, es un problema. Mi entorno se preocupaba: “Vete al médico, que ChatGPT no es de fiar”. El caso es que al médico ya había ido.
En resumen, ¿dónde está el problema? El problema está en nuestro sesgo de autoridad. Si algo lo dice una autoridad, debe ser verdad. Cuando se aplica a la política, es seguidismo fanática y nos lleva exactamente a donde estamos.
O sea: no podemos fiarnos a ciegas de cualquier persona/cosa que se presente como una autoridad, cediéndole —a ciegas— nuestra responsabilidad de decidir, sin verificar ni cuestionar.

Entre un mal médico y arrogante y una IA, prefiero una IA. Entre una IA y un buen médico, prefiero un buen médico.
En los tres casos, no me fío porque sí; verifico y compruebo. Larga vida a las herramientas que nos permiten hacerlo. Todos saldremos mejores. Mejores médicos, mejores pacientes, mejores gobiernos.

Seguimos.

Simona Levi lleva 20 años ocupándose de derechos digitales. Es fundadora de Xnet, Instituto de Digitalización Democrática, autora de "Digitalización Democrática: Soberanía Digital para las Personas", y directora del posgrado en Tecnopolítica y Derechos en la Era Digital en la Universitat de Barcelona.

Más:
https://www.theguardian.com/books/2025/aug/31/the-big-idea-why-we-should-embrace-ai-doctors

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