La industria de la desinformación está de aniversario

La industria de la desinformación está de aniversario
La mentira política se consiente y promueve con el ejemplo

La explosión contemporánea del fenómeno fake news a nivel mediático se produjo en las elecciones a la presidencia de EE. UU. en 2016. Hace ahora 10 años. El propio Donald Trump —ganador de esas elecciones— es el creador del meme. Su comunicación exacerba la espectacularidad de la política y se basa en la polarización como contenido en sí. La fabricación de bulos se hice sin tapujos, sin complejos ni desmentidos, en un grado exponencialmente superior al habitual y de una manera que es ya el estilo de muchos de los partidos que tienen como modelo de comunicación a Trump —o mejor dicho a la escuela de Steve Bannon, su exjefe de estrategia de entonces—.

Después de aquellas presidenciales estadounidenses, estalló el escándalo de Cambridge Analytica y Facebook. Christopher Wilye, trabajador de Cambridge Analytica, reveló a The Observer y The Guardian que millones de datos de usuarios de la red social fueron vendidos para hacer campaña a favor de Trump. Gracias a esta denuncia, ahora sabemos que miles de compañías están permanentemente sincronizando e intercambiando sus datos, los recopilan para luego dar forma a los mensajes que el usuario ve, y de este modo crean una propaganda hecha a medida que no es reconocible, por ejemplo, como propaganda política. Este mecanismo funciona de diferentes maneras y para distintos propósitos: vender un producto, vender una marca, un político o un marco ideológico.

El objetivo de tal manipulación y creación de perfiles no es persuadir a todos, sino aumentar la probabilidad de que individuos específicos reaccionen positivamente y se involucren con cierto contenido, de modo que se conviertan en parte del mecanismo y lo alimenten.
Su capacidad de modificar el punto de vista y, al final, la intención de voto se perfila mucho más eficaz que los anuncios electorales tradicionales. No se trata de un eslogan genérico lanzado por diferentes medios, se trata de un mensaje personalizado y dirigido que da en el centro mismo de la diana. Además, un servicio básico de promoción online y social media resulta veinte veces más barato que una campaña electoral tradicional (carteles, camisetas, anuncios, etc.)

En 2018, en México, el analista de redes y activista Alberto Escorcia, descubrió que durante la campaña electoral a la presidencia del país, al menos 100 de los trending topics de Twitter fueron creados por bots. En México existe una industria dedicada a la desinformación que, a través de una red de blogs con redactores propios y bots de origen desconocido, puede crear o enterrar un debate en las redes. Estos bots fueron llamados “los Peñabots” por el nombre del presidente de México que creó esta gran industria. Escorcia ha pasado varios años escondido por amenazas de muerte a raíz de su investigación.

Los sistemas de propagación y generación de fake news mutan muy velozmente y a nivel mundial. Así, después del escándalo de Cambridge Analytica, inició su transición a las aplicaciones de mensajería, principalmente WhatsApp, donde el mensaje se difunde sin ser expuesto, consume menos datos y está presente también en zonas con menor densidad poblacional.
 

En las elecciones de Brasil celebradas en 2018, donde salió victorioso Bolsonaro, la Agencia Lupa, plataforma de verificación brasileña, analizó cincuenta de las imágenes más compartidas por WhatsApp. Tan sólo cuatro resultaron ser verdaderas. El periódico Folha de S.Paulo reveló que grandes empresas financiaron el envío masivo de WhatsApp a favor de Bolsonaro, por valor de 3 millones de dólares; una práctica que no permite la legislación brasileña.

Desde esos años, lejos de frenarse, la desinformación política entra en una fase de normalización e integración estructural en la comunicación institucional y partidista, contenidos aparentemente “orgánicos” y campañas híbridas donde lo verdadero, lo engañoso y lo directamente falso se combinan estratégicamente. La mentira política se consiente y promueve con el ejemplo como técnica ordinaria de competencia electoral, con escaso control efectivo y una impunidad estructural que sigue estando ligada, como desde el inicio, a la opacidad en la financiación, la licencia a la falta de verificación y a la ausencia de voluntad política para perseguir este negocio tóxico.

Los partidos políticos del estado español no son exentos. Los mismos partidos políticos, el Tribunal de Cuentas y las empresas de comunicación contactados han esquivado responder a nuestras peticiones de acceso a información pública, amparándose en la protección de datos (nota: que no debería aplicarse a personas jurídicas) o enviando información a bulto sin desglose. Cerrada la vía oficial, a través de sistemas de análisis de datos, monitorizamos sus cuentas oficiales en las redes. Como resultado, entre otros, observamos que hay indicios claros de la existencia de una considerable cantidad de seguidores falsos en todas las cuentas, que en algunos casos llega hasta el 25%. Estos son pagados para la propagación y para generar “ruido”, comportamientos automatizados para causar distracción o enfrentamiento y embarrar el debate democrático. Son herramientas para viralizar artificialmente información producida y direccionada intencionalmente por organizaciones “humanas”. Son un medio, no la fuente del problema.

La conclusión es sencilla: para combatir la desinformación simplemente bastaría perseguir un negocio tóxico y sus clientes. Nos basta seguir el dinero y todos los caminos nos llevarán al mismo sitio: los partidos políticos y los intereses partidistas.
 

Es noticia de estos días que el 31 de diciembre de 2026 acaba el plazo para que la UE responda a la exigencia de EEUU de acceso automatizado a los datos biométricos de toda la ciudadanía UE (no solo los que viajen a EEUU) si queremos seguir viajando a ese país sin visado. Un imperio no se amplía con facilidad sin antes convencer la población de las ventajas de someterse. Tenemos un año para impedir una nueva genuflexión de nuestra clase política a intereses que son solo suyos, mientras consienten trueques con herramientas de manipulación de la población.

 

Simona Levi es autora de #FakeYou, fake news y desinformación y de Digitalización democrática: soberanía digital para las personas.
 

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